Interiorizando como impronta los ciclos de la luz: un estudio sobre cronobiología

Para los astrólogos la relación entre el Sol y la psique es una obviedad, pero sin embargo en la comunidad astrológica hay muy poco interés en conocer las aportaciones de la ciencia (cronobiología) en este sentido. Ya publicamos hace tiempo sobre esto (aquí y aquí) y aunque la explicación solamente se limitaría al efecto de la luz (solar) es interesante porque revela la íntima y misteriosa relación entre la energía electromagnética y los ciclos cósmicos interiorizados, entre la luz solar y las dimensiones íntimas de lo humano.

Pues bien, un estudio (Ciarleglio et al., 2011) ofreció evidencia de que las condiciones de luz/oscuridad durante el desarrollo temprano tienen efectos duraderos en el reloj circadiano de los mamíferos (el patrón diario de adaptación al día y a la noche).

Los investigadores querían saber si el período del día en que hay luz (día) y oscuridad (noche) durante las primeras etapas de la vida de un ratón podría influir en su reloj biológico a largo plazo. Para hacer esto, dividieron a los ratones recién nacidos en dos grupos: uno que experimentó «días largos» con 16 horas de luz y 8 de oscuridad, y otro que vivió en «días cortos» con 8 horas de luz y 16 de oscuridad.

Durante este tiempo crítico en el desarrollo de los ratones, se les permitió acostumbrarse a estos ciclos de luz y oscuridad. Luego, ambos grupos se movieron a un ciclo estándar de 12 horas de luz y 12 horas de oscuridad para ver si los ciclos de luz iniciales tenían un impacto duradero. La actividad de los ratones se midió para ver cuándo estaban más activos, lo que indica su ritmo circadiano o patrón de sueño/vigilia. También examinaron el cerebro de los ratones, específicamente el núcleo supraquiasmático, que es como el reloj central que coordina los ritmos diarios en el cuerpo.

El experimento reveló que los ratones llevaban consigo las «lecciones» aprendidas de su primera exposición a la luz y la oscuridad. Es decir, estos animales mantendrían permanentemente una significativa impronta ambiental. Por ejemplo, los ratones que crecieron en días largos continuaron teniendo un patrón de actividad que se alineaba más con ese ciclo, incluso cuando se cambió a un ciclo normal de luz/oscuridad. Esto fue evidente no solo en su comportamiento, sino también a nivel genético y neural, demostrando que los ciclos de luz y oscuridad tempranos tienen un efecto significativo y duradero en el reloj biológico de los ratones.

Este fenómeno de «impronta» o programación temprana sugiere que los ritmos circadianos, una vez establecidos, pueden tener una plasticidad limitada. Lo que es aún más fascinante es que los cambios observados no fueron meramente conductuales; se extendieron hasta la expresión genética y neuronal. Por un lado, a nivel de genes, esto involucraría a Per1, un gen que funciona como un reloj despertador a nivel celular, ayudando a decirle al cuerpo cuándo es hora de «empezar el día» o «prepararse para dormir». Es decir, los genes que regulan los ciclos de actividad y descanso, incluidos aquellos que controlan la producción de hormonas como la melatonina, se vieron afectados. Los ritmos de expresión de estos genes, que indican cuándo deben estar activos o inactivos, se ajustaron según la programación luminosa inicial. Por otro lado, a nivel neuronal, los cambios afectarían a la actividad en el núcleo supraquiasmático, tal como ya habíamos mencionado, que es la región del cerebro que actúa como el maestro de orquesta de los ritmos circadianos.

Así pues, todo ello muestra que el ambiente lumínico no solo afecta los patrones conductuales transitorios, sino que puede alterar la maquinaria molecular subyacente que regula estos ciclos, una revelación que tiene profundas implicaciones en cómo entendemos la adaptabilidad y vulnerabilidad de los sistemas biológicos y que permiten comprender ciertos trastornos mentales de naturaleza estacional como la depresión, el trastorno bipolar o la esquizofrenia, o enfermedades como el cáncer, enfermedades inflamatorias, diabetes, obsesidad, hipertensión… (Finger et al., 2020).

Para concluir, estos estudios, aunque poco accesibles sin formación correspondiente, abren la posibilidad de comprender el fenómeno astrológico sin recurrir a hipótesis explicativas esotéricas. Y no porque no puedan tener valor las teorías esotéricas sino porque juzgaría un buen hábito de pensamiento aprender de la historia del conocimiento humano durante el cual hemos recurrido a teorías esotéricas y religiosas para afrontar la ignorancia o ausencia de teorías científicas, como fue la naturaleza del rayo, la naturaleza del sistema solar, las enfermedades infecciosas o auroras boreales.

Bibliografía

Ciarleglio, C. M., Axley, J. C., Strauss, B. R., Gamble, K. L., y McMahon, D. G. (2011). Perinatal photoperiod imprints the circadian clock. Nature neuroscience14(1), 25–27. https://doi.org/10.1038/nn.2699

Finger, A.-M., Dibner, C. y Kramer, A. (2020), Coupled network of the circadian clocks: a driving force of rhythmic physiology. FEBS Lett, 594: 2734-2769. https://doi.org/10.1002/1873-3468.13898

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