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“Astrología, Ciencia, Universidad: Un Pasado con Futuro” por Jesús Navarro

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Nota: Esta ponencia fue presentada al Congreso de Astrología de Barcelona (Diciembre 2002).

Reloj astronómico de PragaIntroducción

Astrología y ciencia son términos cuya mención conjunta rechina a buen número de científicos actuales, y cuya consideración simultánea tiende a levantar entre ellos sospechas y rechazos, cuando no condenas y anatemas [Eys 82, Wes 92, Fuz 96] , al hilo del destierro conceptual sufrido por aquélla durante los últimos siglos de nuestra historia.

Por contra, durante los milenios precedentes, ciencia y astrología caminaron inseparablemente unidas, gozando el saber astrológico del reconocimiento y prestigio más completos, hecho avalado por las cátedras de astrología existentes en universidades tan señeras como la de Salamanca [Nav 00] .

A subrayar, sin embargo, que, a lo largo de las últimas décadas, ha comenzado a emerger un cierto interés por el estudio de lo astrológico en determinados ámbitos científicos y académicos, pudiendo ser citados al respecto trabajos como [Eys 82, Sey 90, Fuz 92] , lo cual ha dado lugar posteriormente a actuaciones universitarias significativas en conexión con lo astrológico.

Antes de comentarlas, me referiré brevemente a cuestiones como la naturaleza de la ciencia (apartado 1) y la relación de ésta con la razón y la verdad (apartado 2), las raíces de lo astrológico y su naturaleza (apartado 3), así como la degradación de sus contenidos (apartado 4) y su rechazo histórico próximo (apartado 5).

Lo cual nos conducirá hasta el momento presente, al que me aproximaré desde en una doble perspectiva: considerando, antes que nada, una serie de hipótesis y conjeturas, directamente derivables de los conocimientos actuales, proclives a lo astrológico (apartado 6) y, a continuación, diferentes iniciativas universitarias orientadas a la investigación, el estudio y la formación astrológica, e incluso a su práctica, oficialmente reconocida (apartado 7). 
 

1.- La naturaleza de la ciencia

Definir qué es la ciencia, y dirimir en base a ello qué es y qué no es científico, resulta tan comprometido [Atl 91] que, a la postre, no es posible llegar a un resultado satisfactorio, existiendo posicionamientos contrastantes entre los propios científicos o/y filósofos de diferentes escuelas y tendencias ([Der 99] , página 4).

Se constata, asimismo, una variación histórica de los referentes de cientificidad [Kuh 96] , que habrá de resultar abrumadoramente significativa en el caso que nos ocupa, como veremos en el apartado 5.

El hecho en sí mismo es sobremanera relevante, tanto que actualmente llega a hablarse no de ciencia, sino de ciencia moderna [New 00] , para referirse a la occidental de estos últimos cuatro siglos, marcando distancias con las de culturas como la griega, la romana o la árabe medieval.

Del mismo modo, dentro de la ciencia actual, se distinguen ciencias “duras” y ciencias “blandas” [Atl 91] , situándose entre las primeras, ante todo y sobre todo, la física, que para buen número (por no decir gran mayoría) de autores actúa como referente paradigmático de la ciencia, siendo compañeras suyas de viaje la química y la biología [Der 99, New 00] , mientras las ciencias humanas (psicología, sociología, antropología, etc.) caen en el ámbito de las segundas.

Por eso, hablar de la naturaleza de “la ciencia”, es cuestión un tanto “engañosa y presuntuosa”, como se advierte en ([Cha 98] , página 230), pues “presupone que hay una sola categoría de ‘ciencia'”, a pesar de que “los filósofos no tiene recursos que les permitan fijar los criterios que deben ser satisfechos para que un área del conocimiento sea considerada aceptable o ‘científica'”.

Hoy se va admitiendo, además, que ([New 00] , páginas 10 y 11) el llamado “método científico”, el método experimental, positivista y reduccionista, nace de una convención, quedando de relieve el carácter contingente del mismo y su naturaleza sociológica.

Todavía más: se reconoce [Bar 96] que el método científico experimental, en sus orígenes, estaba asociado a la alquimia, que en el siglo XVII no era considerado crucial para obtener conocimiento acerca de la naturaleza y que su triunfo se debió al interés personal de Boyle (según él mismo reconoció) en socavar los posicionamientos políticos y religiosos de Hobbes.

También va quedando claro que, a la hora de comprender la naturaleza, construimos modelos que incluyen únicamente las propiedades y relaciones necesarias para entender los aspectos de la realidad que nos interesan, prescindiendo de sus restantes características ([Der 99] , inicio del capítulo 6).

Queda así de relieve el enorme significado que los preconceptos, la manera de ver la realidad, tienen a la hora de establecer y alcanzar el conocimiento científico, dada la interdependencia de los “hechos” y las “teorías” que los “crean-interpretan” [Der 99].

De hecho, se afirma taxativamente ([Der 99] , página 133) que “la ciencia es una manera de entender el mundo”, y se subraya que ([Der 99] , página 185) “no es posible tener ciencia válida al margen de la visión del mundo compartida por la comunidad científica en su conjunto”. 
 

2.- Ciencia, razón, verdad

Toda la tradición del conocimiento occidental ha quedado inscrita en el modelo racional griego, que hace referencia a un orden, incluso a una inteligencia ordenadora, regulador(a) de todos los procesos naturales [Gav 01] .

Sin embargo, sustentar nuestro conocimiento en los pilares ofrecidos por los principios de identidad y no contradicción de la lógica clásica, no nos asegura que dicho conocimiento se corresponda con la realidad, pues no está siquiera garantizado que ésta siga tales principios [Atl 91] .

Acaso, como sostienen los orientales, la realidad sea en sí misma contradictoria, siendo imposible dirimir, de acuerdo con los más modernos desarrollos de la lógica occidental, entre una y otra de tales posibilidades ([Atl 91] , páginas 177 y 178).

Sea como fuere, cuando una cuestión no es decidible, es posible, y también oportuno, atribuirle una respuesta viable y continuar con el razonamiento, pero en tal caso habremos de aceptar la posible falibilidad de las conclusiones obtenidas, deviniendo el conocimiento así alcanzado claramente tentativo y provisional, si no radicalmente cuestionable.

Extremo que se agudiza en lo concerniente al racionalismo moderno, como va siendo cada vez más claramente puesto de manifiesto en lo filosófico-epistemológico [Cha 98, Gav 01] .

De hecho, las críticas al racionalismo clásico, al positivismo racionalista, al conocimiento científico de ellos derivado, resultan abrumadoras, tanto más cuanto más fuerte es la pretensión de tomarlos como regla universal, criterio excluyente de verdad, reflejo fiel de la realidad última, o similares [Pop 67, Hum 77, Fey 82, Wit 89, Kuh 96, Pop 00, Fey 96] .

En las obras recién referenciadas, significativamente, aparecen asociados a la supuesta racionalidad pura, prístina, de la ciencia occidental de los últimos siglos términos como “superstición”, “creencia”, “mito”, “oportunismo”, “inseguridad”.

Cada vez quedan menos dudas sobre el carácter no racional de la asunción y aceptación de la particular concepción del mundo que se constituye en referente conceptual ordenador del proceso científico: “se debe tener fe al menos en la integridad de la propia visión del mundo” ([Der 99] , páginas 128 y 129), por no hablar del “creemos en la verdad de la teoría atómica de la materia”, o de la búsqueda de “una creencia inamovible”, recogidos en el capítulo 11 de [New 00] .

De manera que lo procedente [Atl 91] es jugar diferentes juegos de conocimiento, respetando la particular racionalidad de cada uno de ellos (irracionalidad desde el punto de vista de los restantes), sin mezclarlas ni desecharlas, conscientes del carácter válido e insustituible de las diferentes perspectivas de la realidad así logradas, a pesar de la inevitable parcialidad de todas y cada una de ellas.

Comentario que nos introduce de lleno en la cuestión, no menos espinosa y dificultosa para la filosofía actual [Rio 99] , de qué grado de verdad es predicable del conocimiento científico, y de si la verdad de éste haría falsos los contenidos de otras aproximaciones a la realidad.

Al margen de que, como nos recuerda Prigogine [Pri 98] , “con Kant viene sancionada la separación entre ciencia y verdad”, si habláramos estrictamente de verdad y falsedad, aplicándolas tal cual a una teoría física, la de Einstein por ejemplo, significaría que todas las anteriores a ella serían de contenido de verdad nulo, pero con la práctica certeza de que, pasado un tiempo más o menos largo, la aparición de una teoría más avanzada implicaría otro tanto para la einsteniana, y así sucesivamente ([Cha 98] , página 220).

Aleccionadoras en tal sentido resultan, asimismo, las aportaciones de Hoyle a propósito de Einstein, Copérnico y Ptolomeo, a las que remitimos al lector(a), pero que, por su interés para el tema que nos ocupa, citamos brevemente ([Hoy 82] , página 196): “Hoy día no podemos decir que la teoría de Copérnico es ‘cierta’ y que la de Ptolomeo es ‘falsa’, en ningún sentido físico significativo. Las dos teorías son (…) físicamente equivalentes entre sí”.

Por otra parte, teniendo en cuenta que la ciencia moderna lo es en base a la formalización matemática de sus asertos, algunos de los cuales no serían alcanzables sin ella (la totalidad de los correspondientes a la física más avanzada, por citar los más próximos a nosotros), nos encontramos con las limitaciones propias del lenguaje matemático como impedimento para alcanzar, a través de él, una verdad sin restricciones.

El carácter no-ontológico de la matemática es obvio talón de Aquiles de nuestro intento de tal formalización de la realidad, una matemática cuyas restricciones ya no son mero considerando filosófico, sino demostración sólidamente asentada gracias al famoso (e impactante) teorema de incompletitud de Gödel [Kle 96] , junto con todo el trabajo que le ha dado continuidad. 
 

3.- La astrología, sus raíces y su naturaleza

La astrología surge en un contexto de observación sistemática, de cálculo contable, de rigor en el conocimiento, como se reconoce en trabajos como [Der 99, New 00] , en los que se refleja cómo los babilonios eran observadores cuidadosos y poseedores de técnicas matemáticas sofisticadas, y se acepta que la ciencia babilónica no era ciencia falsa.

Un saber, el astrológico, que, sometido a un progresivo proceso de racionalización y profundización, se hizo merecedor, de pleno derecho además, del nombre de ciencia [Neu 57, Pto 80, Per 94a, Cal 96] . Quede recogida al respecto, la contundente frase de O. Neugebauer [Neu 57] , a propósito de la época helenística: “Comparadas con el trasfondo de la religión, de la magia y del misticismo, las doctrinas fundamentales de la astrología son ciencia pura”.

Sin embargo, prácticamente desde sus propios orígenes, a causa de su inevitable popularización, constatamos una triple vertiente en lo astrológico: la científica, la adivinatoria (a-divinis) y la supersticiosa. Una triple perspectiva que ni caldeo, ni griego, ni romano, ni medieval ni renacentista cultos confundían (ni tampoco los más ilustres padres de la ciencia actual).

Las dos primeras de esas vertientes, directamente asociadas a los orígenes de la astrología [Enu 94, Fuz 96, Gui 01] , fueron diferenciándose paulatinamente entre sí, siempre en antagonismo y divorcio con la tercera, sistemáticamente repudiada por los practicantes cultos del saber astrológico, por lo que también, a partir de aquí, obviaremos su consideración.

La faceta adivinatoria, ligada a la consideración de lo astrológico como religión natural de raíz cósmica, fue directamente combatida, cuando no perseguida, por el cristianismo. Asimismo, con el tiempo, también acabó cayendo en desgracia la vertiente científica, que lo fue ante el positivismo racionalista, decretando éste la prohibición de su estudio y práctica académicos, la anatema científica, en definitiva, de tales contenidos, que todavía hoy perdura.

Nos encontramos así ante un hecho un tanto llamativo, chocante y, en rigor, contradictorio: una ciencia que deja de serlo. ¿Es ello posible?, ¿tiene tal cosa sentido?. En cualquier caso, desde la perspectiva actual, ¿puede ser científica la astrología?. Y, de no serlo, ¿quedaría por ello reducida a superstición, a falsedad, a fiasco intelectual?, o acaso ¿cabe verdad, o al menos validez, en el conocimiento fuera de la ciencia?.

La clave para dar respuesta a buena parte de estos interrogantes se encuentra, a mi entender, en la contraposición radical de las visiones del mundo propias de la cultura astrológica tradicional y del racionalismo positivista.

La ciencia moderna se sustenta en una concepción del universo como realidad ajena al observador, un observador ideal, imposible de lograr por lo demás, siempre distante, por radicalmente separado, de su objeto de conocimiento.

Frente a esta visión separativa, disociada y divorciada, entre lo conocido y el conocedor, la astrología se remite a la inseparable pertenencia del observador al objeto de su conocimiento: el universo en el que habita.

Un nexo que, unido al presupuesto de orden, es decir del universo como cosmos, conlleva la idea de armonía, así como las de sintonía y resonancia, cuya manifestación a todos los niveles liga lo astrológico a lo astronómico, lo matemático, lo físico, lo musical, lo arquitectónico, lo psicológico, lo social, y un largo etcétera.

Estas múltiples, variadas y ricas interconexiones explican la omnipresencia de lo astrológico en todos los ámbitos de las culturas y sociedades que comparten, o han compartido, esta visión del mundo, caso en que se hallan los periodos clásico, medieval y renacentista de la historia de Occidente.

Este elemento de ligazón, de armonía cósmica, como clave universal queda claro en los caldeos, en los pitagóricos, en Platón, en Ptolomeo, en Lulio, en Kepler, por mencionar algunos hitos señeros a lo largo de los siglos, tal cual se recoge en [Enu 94, Eys 82, Gui 01, Llu 91, Per 94b, Pto 80, Pto 99, Rio 99] .

En cualquier caso, debe subrayarse que, desde su raíz caldea, esa ligadura cielo-tierra, cosmos-hombre, es antes una intermediación, una interconexión, que una fatalidad, un imperativo ciego e innamovible.

De hecho, desde el propio Enuma Elish [Enu 94] se nos indica cómo se asigna al hombre el trabajo que debieran hacer los dioses, siendo así nuestra tarea principal mantener la armonía del universo, y llevarla adelante con éxito, de acuerdo con “las reglas de su buena marcha”, continuando la obra de dichos dioses: los hombres somos, en consecuencia, ‘dioses-en-la-tierra’ que debemos ser fieles a los ‘dioses-en-el-cielo’, para lo cual debe existir sintonía entre nuestras voluntades y las suyas, lograda gracias a nuestra atención a los mensajes divinos, celestes, es decir astrológicos.

Por otro lado, una parte importante de la tarea de los dioses es controlar el Destino, actividad que debe ser asumida también por el hombre, pues aquellos “quedan liberados” y “descansan”. El hombre pasa a ser así responsable directo del Destino: no hay esclavitud, no hay fatalidad, ante ese Destino, sino responsabilidad y trabajo para llevarlo adelante.

En tal línea de pensamiento se nos muestran autores clásicos como Platón [Lis 94] , Ptolomeo [Pto 80] y Lulio [Llu 91] , o contemporáneos como de Whol [Who 81] .

Sólo debido a los estoicos y a su particular fundamentación teórica de la astrología, se ve este saber marginalmente aherrojado por el rígido sistema de causas y efectos característico de dicha escuela filosófica [Per 94a] , viéndose coyunturalmente mediatizada la línea de pensamiento originaria, fundacional, recién expuesta por la de un fatalismo que nada tiene que ver con ella. 
 

4.- La degradación de lo astrológico

Haciendo honor a su etimología, la astrología es una apuesta de conocimiento, una apertura desde lo racional a los nexos hombre-cosmos, más aún Tierra-Universo, que se postula desde hace milenios, en una concepción, que hoy habríamos de llamar evolucionista y ecológica, de la realidad terrestre frente a su ambiente cósmico circunstante, comenzando por el más próximo: el del propio sistema solar.

Es preciso reconocer, sin embargo, que, según a cabo de indicar, frente a los referentes y la tradición más genuinos, se han ido dando reorientaciones filosóficas y cauces de transmisión de los conceptos, técnicas y métodos astrológicos poco o nada garantes de su correcta fundamentación y consistencia.

Pero ha sido más notable todavía, y ello de manera mucho más sistemática y persistente además, la corrupción de la correcta práctica de los mismos, que, amén de verse penalizada por las dificultades nada menguadas que su dominio requiere, ha sufrido el milenario impacto del mercantilismo, el agorerismo y las ansias futurománticas.

Las denuncias y comentarios en tal sentido aparecen con harta frecuencia en las obras de los autores más relevantes de la historia de la astrología como para pasar desapercibidos, según es posible constatar, por ejemplo, en el prólogo de [Llu 91] , el libro I de [Rag 97] , o el prólogo de [Naj 96] .

Palabras, las suyas, que parecen escritas para la época actual, y particularmente para el tipo de “astrología” tan del gusto de los medios de comunicación, y tan en boga y auge en ellos (y, lamentablemente, fuera de ellos, en prácticas supuestamente profesionales), pero tan esperpénticamente caricaturizadora de la astrología cabal que, en rigor, ni siquiera merece el calificativo de pseudoastrología, aunque a falta de otro mejor recurramos a él para catalogarla.

Pero esa degradación secular, ha afectado también (difícil hubiera sido lo contrario), a los propios contenidos del saber astrológico. De hecho, puede constatarse cómo los tópicos tradicionales de su acervo van perdiendo frescura, desconectándose de sus raíces conceptuales, para ir convirtiéndose en listas y catálogos de sentencias y aforismos que, por ese mismo hecho, coadyuvan a conceptuar y practicar una esquilmada astrología “de recetario”, sobre la que con tanta insistencia se nos alerta y previene en [Wei 73] .

Y, de tanto en tanto, al revisar las fuentes del pasado nos encontramos con la sorpresa de un dato, una perspectiva, una comprensión, un concepto, que emerge inesperadamente desde varios siglos atrás, desconocido actualmente en tales términos, y por lo mismo enriquecedor para el presente.

Baste citar, a título de ejemplo, la importante distinción de los tres niveles (el de los signos, el de los cambios estacionales y el de las constelaciones) a considerar en lo referente al zodiaco trópico, explicitada por Nájera en su Summa Astrológica ([Naj 96] , página 102), dejando establecida con claridad la invariancia de los signos para no importa qué punto de la esfera terrestre, la significación de segundo plano de los cambios de latitud terrestre (norte o sur) y el trasfondo, de tercer orden, correspondiente a la precesión de los equinoccios.

Asimismo, remontando el pasado hacia los orígenes de la astrología, nos encontramos como posible la existencia, más verosímil de lo comúnmente sospechado, de unas fuentes del saber astrológico dotadas de una compresión de la naturaleza de auténtica profundidad.

Hay, en efecto, elementos que permiten plantear con seriedad la posible degradación, ritualización y mitificación de conocimientos muy superiores al nivel cultural de los pueblos que los recibieron y transmitieron a la posteridad, de manera que lo mitológico sería consecuente y no precedente de lo científico [Bon 91, San 99] , encadenándose alternativamente unas y otras maneras de presentar la realidad, dependiendo de la perspectiva y nivel conceptuales empleados para su comprensión.

Sin olvidar todas las rupturas, tergiversaciones, tensiones y confrontaciones conceptuales, y de todo tipo, atestiguadas por la historia cada vez que dichas referencias paradigmáticas han cambiado, se han visto arrumbadas o/y sustituidas por otras.

Es, precisamente, a una de tales coyunturas, la temporalmente más próxima a nosotros, a la que voy a referirme a continuación. 
 

5.- El rechazo de lo astrológico

Dígase lo que se diga, fue la ruptura del racionalismo positivista con el viejo paradigma de la armonía y la sintonía universales (ilustrando tal hecho, paradigmáticamente por lo demás, las concepciones kuhnianas [Kuh 96] ) la raíz de la enemiga, y el consiguiente anatema, de la ciencia moderna hacia la astrología.

En verdad, poco podía preocupar a los científicos de los últimos siglos un determinismo más o menos que añadir a la nómina de los establecidos por la propia física sobre la realidad humana.

Bien mirado, y dicho sea sin cargar las tintas, resulta un tanto farisaico arremeter contra la astrología por su pretendido determinismo ciego, negador en consecuencia del libre albedrío humano (acusación que, como ha quedado ya claro en lo precedente, no hace justicia al posicionamiento astrológico tradicional de mayor raigambre), cuando la filosofía materialista de la ciencia contemporánea, llevada a sus últimas consecuencias, como una gran mayoría de científicos ha hecho durante los siglos más recientes, acaba reduciendo directamente todo comportamiento humano a los determinismos inapelables de la física.

Una contradicción, no resuelta, que alberga nuestra cultura, por lo demás, desde sus mismas raíces presocráticas [Gav 01] , estipulándose simultáneamente en ellas el inalterable orden determinista del cosmos, de la naturaleza, del hombre en su seno, y la responsabilidad ética, librearbitrista, del propio ser humano.

Esa escisión, de suyo irreconciliable, como la del sujeto-objeto que sustenta el pensamiento científico de la modernidad histórica, necesita ser superada, y está clamando un radical cambio de paradigma, en el cual pueda darse una reconciliación, ajena a la subordinación, pero también a la prepotencia dominadora, del hombre frente al cosmos.

Un reposicionamiento del hombre en su universo basado en una concepción integradora, evolutiva, situada en ese difícil lindero entre el azar y la necesidad que parece ser condición, a la vez que garantía, de dicha posibilidad evolutiva [Duv 95, Kau 95] , lo cual nos reorienta acerca del potencial interés de las aportaciones astrológicas consideradas y comprendidas desde esa perspectiva.

Tanto más cuanto ese interés era ya planteado por el mismo Ptolomeo [Pto 80] , aunque haya sido gracias a las modernas escuelas psicológicas cuando se ha visto más ostensiblemente puesto de relieve, desde Jung en adelante, debido a la interacción y convergencia de sus líneas de pensamiento con la dinámica propia de algunas escuelas astrológicas del siglo XX, particularmente la humanista y su entorno más o menos próximo.

Pero la sinergia psicología-astrología no sólo se verifica a nivel simbólico o terapéutico, sino que cuenta asimismo con el aval de resultados experimentales, tal como los recogidos en [Cla 61, Cla 70, May 78, Gau 79a, Gau 79b, Fuz 92, Fuz 96] , por citar unos pocos.

De hecho, aunque nunca se lograse confirmar (a pesar de los indicios favorables suministrados por los trabajos recién mencionados) la objetividad positivista de un nexo entre los procesos terrestres en general, o/y los humanos en particular, y el universo astronómico, y más concreta y específicamente el sistema solar, las posibilidades explicativas de lo astrológico en el ámbito psicológico, como recurso simbólico o proyectivo, seguirían perfectamente en pie [Eys 82, Fuz 96] , reclamando para lo astrológico un lugar entre las ciencias humanas.

Al respecto, se dice taxativamente en [Eys 82] , página 211, que la astrología, en lo concerniente a dichas posibilidades, “no es peor que técnicas psicológicas como la de las manchas de tinta, ampliamente empleada, aunque nadie pretende que tales manchas contengan significado real. De hecho la astrología puede superarlas, porque sus conceptos tienen una belleza y un atractivo innegables, y porque, tomados uno a uno, son sugestivamente sencillos”, para continuar unas pocas líneas más adelante afirmando que los terapeutas “están comprobando que los conceptos astrológicos pueden suministrar un marco útil para explorar y describir personas y situaciones en términos muy humanos y comprensibles”, añadiendo enseguida frase tan significativa como la siguiente: “tales beneficios se mantendrían, desde luego, sea o no objetivamente cierta la astrología”.

De hecho, han sido, y siguen siendo, los pre-juicios del corporativismo científico frente a las posibles interacciones tierra-cosmos, hombre-cosmos, los que viene retrasando la investigación de hechos insoslayables, pero soslayados al tener implicaciones que chocan con el paradigma científico dominante.

Las resistencias a que me estoy refiriendo son tan enconadas como permite reconocer la tardanza, ¡cercana a dos siglos!, en valorar como correctas las apreciaciones (planteadas en 1801) del mismísimo Herschel, astrónomo de contrastada reputación donde los hubiera, sobre la correlación existente entre las variaciones del clima, los precios del trigo y las manchas solares y sus ciclos [Nes 96] .

Y, cerca ya de 1890, cuando Spörer y Maunder publicaron que la fuerte anomalía solar del siglo XVII, hoy conocida como mínimo de Maunder (o de Spörer y Maunder), había coincidido con un periodo particularmente frío en Europa, “esta asombrosa observación pasó inadvertida durante casi un siglo” [Nes 96] .

Por no hablar del pertinaz rechazo de los científicos prenewtonianos a la “supersticiosa idea” astrológica de considerar la Luna como causante de las mareas, o el de los científicos ilustrados y decimonónicos (y posteriores) al, también “supersticioso”, postulado de que los cometas pudieran tener incidencia alguna en la epidemiología humana.

Claro que, con el tiempo, la primera de ellas ha acabado siendo, no sólo de sentido común, sino extendida también, científicamente eso sí, tanto a cuestiones de tipo climático [Wun 00] como a otras de tipo evolutivo-biológico, especie humana incluida [Las 94] , habiéndose constatado la incidencia lunar tanto en las respuestas de los circuitos integrados como en las humanas.

Por su parte, la segunda de las ideas mencionadas ha llegado a ser patrocinada por representantes de la ciencia del siglo XX tan destacados como Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe [Hoy 78] , que además la extendieron hacia posibles implicaciones morfoevolutivas en la especie humana, sin arredrarse ante una posible acusación de connivencia con lo astrológico. También en este caso los avances experimentales han permitido corroborar la verosimilitud de tales planteamientos [Ber 99, Myo 01] .

En contradependencia, buen número de astrólogos contemporáneos [Fuz 96] huyen de la ciencia, bien desde la enemiga a los supuestos meta-teóricos que la subyacen, bien rechazando sus métodos y contenidos como reacción autodefensiva frente a los prejuicios descalificatorios de “los científicos”. 
 

6.- Astrología y ciencia, hoy: hipótesis y conjeturas

En cualquier caso, un creciente número de datos experimentales [Lan 90] muestran cómo la dinámica planetaria y sus ciclos inciden en el magnetismo solar [Sey 90] , éste en las características del viento solar, uno y otro en el magnetismo y el clima terrestres [Ker 00, Lyo 00] , a través de los parámetros orbitales de nuestro planeta, sensibles a su vez a la presencia de otros cuerpos del sistema solar [Gra 00] , pudiendo afirmarse, pero ya científicamente, que “el vínculo entre clima y manchas solares parece bastante persistente” ([Nes 96] , página 19).

Sin olvidar, por lo demás, el cómo los cambios en la magnetosfera son detectables por animales y seres humanos gracias a la magnetita presente en algunas células o/y áreas de su cuerpo [Bak 83, Fuz 96, Kir 97] .

Por no mencionar los estudios cronobiológicos y el conocimiento de cómo los marcadores externos sirven para “poner en hora” nuestros “relojes biológicos” internos [Str 94, Bin 97, Cop 99] , que pueden estar presentes en una gran diversidad de tejidos corporales [You 00] .

Va también emergiendo la constatación de la existencia de PLLs biológicos sintonizados a los ciclos planetarios (los de nuestro planeta o los de otros), permitiendo aproximaciones científicas a lo astro-bio-lógico que empiezan a parecer de sentido común a determinados investigadores [Grn 00] , quienes, por lo mismo, no sólo se abren a, sino pronostican, demandándolo, un cambio de paradigma [Grn 00] .

Sin olvidar los resultados experimentales obtenidos por Gauquelin en sus trabajos sobre la herencia astrológica, que apuntan la posibilidad de que los planetas actúen de algún modo como parteras celestiales [Gau 78, Eys 82] , convergiendo con el posicionamiento del propio Ptolomeo a propósito de la interacción ambiente-neonato ([Pto 80] , Libro III, capítulo 1): “que su nacimiento y aparición concuerde con el estado apropiado del ambiente que lo rodea. Porque la naturaleza, después de su creación, lo hace moverse a su salida del cuerpo materno cuando la cualidad del ambiente se asemeja a las cualidades en que se formó”.

También se ha empezado a reconocer que ciertas conclusiones cosmobiológicas no llegan a distinguirse de lo históricamente contemplado como astrológico [Eys 82] , si bien no faltan autores cronobiológicos que insisten en la ausencia de relación entre lo uno y lo otro [Bin 97] , a pesar de reconocer que (página 80) “todos los organismos terrestres se hallan sometidos a los ciclos de rotación lunar entorno a la tierra” y avalar la evidencia experimental de cómo los relojes biológicos humanos pueden ver modificado su comportamiento si son sometidos a débiles campos eléctricos ELF.

Siendo que en el rango de la ELF tienen lugar alteraciones electromagnéticas asociadas a los cambios geomagnéticos inducidos desde el exterior de nuestro planeta [Eys 82, Sey 90] , existiendo asimismo evidencia experimental de que, exponiendo células durante cortos periodos a campos ELF, queda alterada la cantidad de RNA transcrito [Cog 90] .

Todo ese panorama, escuetamente comentado aquí, permite reconocer la emergencia de una nueva ciencia [Eys 82, Fuz 96] , … siempre que los científicos practiquemos las virtudes de objetividad, curiosidad y búsqueda de la verdad, tan inherentes a la genuina actitud científica [New 00] , dejando a un lado los trasnochados argumentos [Wes 92, Fuz 96, Gui 01] con que suelen negarse los indicios de la evidencia, para practicar un escepticismo científico cabal [New 00] , es decir investigador [Pop 00] , que no prejuiciado ni incrédulo.

Desentrañar la desconocida “caja negra” de “interconexión” cielo-tierra, he ahí el reto [Fuz 96] que nos lanzan las correlaciones hombre-sistema solar detectadas hasta la fecha, innegables, si bien todavía poco numerosas, pero no por ello descartables ni escasamente significativas, que se hallan a la espera de la necesaria aclaración científica.

Descalificar “científicamente”, entre tanto, lo astrológico argumentando la ausencia de pruebas determinantes a su favor, viene a ser como no construir la casa porque ésta no existe.

Por lo demás, los indicios experimentales permiten sugerir respuestas tentativas a la cuestión de qué puede haber a la base de tales hechos, y ello sin recurrir a la opción fácil, que no explica nada por lo demás (aunque bien pudiera ser de algún modo cierta), de fiarlo todo a “factores constitutivos del universo todavía por descubrir”.

Si nos ceñimos al territorio de la física, en términos de masa-energía, serían los fenómenos de resonancia y sintonía los candidatos principales, asociados a las variaciones (más o menos “sutiles”) de los campos electromagnéticos o/y gravitacionales solar-planetarios.

El camino de conexión ciclos planetarios, magnetismo solar, magnetismo terrestre, sistema nervioso constituye una de las alternativas más verosímiles, sobre la que ya existe propuesta concreta [Sey 90] , y cuyo autor es de reconocido prestigio en el ámbito del magnetismo solar y planetario.

Otra posibilidad, no necesariamente excluyente de la anterior, podría ser la basada en una interacción gravitacional directa, a la vista de resultados de laboratorio muy recientes, que testimonian levísimos cambios de peso en los sujetos experimentales de acuerdo con el nivel de los procesos mentales o/y emocionales en que ellos se sitúan.

Adicionalmente, pueden aducirse todas las posibilidades que, gracias a la investigación de los contenidos informacionales de la realidad, comienzan a emerger.

A subrayar al respecto cómo la información (territorio no material, por cierto, al menos no en el sentido convencional del término) es un ámbito cuya exploración científica está muy poco avanzada y, a pesar de ello, desde hace unos años se viene insistiendo en dicho parámetro como, tras la masa y la energía, la tercera magnitud fundamental del universo [Git 89, Sto 96] , llegando a hablarse de una ontología de tercer orden, donde la información es reconocida como puente entre sistemas ontológicos disjuntos [Gop 98] .

Este nuevo panorama, en evolución vertiginosa, está llevando a una concepción emergente de la vida como transducción de la información y comunicación [Kau 93, Ros 96] , reconociéndose cómo, sorprendentemente, pequeñas cantidades de información pueden generar patrones que crecen y se reproducen [Der 99] .

Desde tal perspectiva, a tenor del nexo apuntado, tan directo e inmediato por lo demás, entre lo estructural y lo informacional [Sto 96] , lo astrológico no vendría más que a señalar los contenidos de información implicados en la estructura espacio-temporal del sistema solar, leídos desde el registro terrestre.

Muy cierto, buena parte de lo precedente son planteamientos especulativos que, hoy por hoy, no disponen de suficiente contraste experimental, pero, para el(la) investigador(-a) entusiasta, todo lo anterior debería servir de acicate de búsqueda, más que de renuncia a ella, recordando, como nos advierten Popper y Kreuzer ([Pop 00] , páginas 98-100), que hasta la metafísica, la mitología o el misticismo de ayer pueden dar lugar, muy verosímilmente, a la ciencia de mañana.

Una búsqueda que dé continuidad a la incipiente investigación científica del acervo astrológico llevada a cabo durante el último siglo, y cuyos resultados se hallan mucho más alejados de lo metafísico y de lo mítico de lo aceptable para muchos de sus detractores, ya sean científicos o astrólogos.

Por si lo hasta aquí reflejado no fuera suficientemente convincente en tal sentido, añadiré un último comentario de Barnes, Bloor y Henry ([Bar 96] , página 141): “La evidencia estadística aportada por Michel Gauquelin a favor de la astrología podría ser francamente embarazosa para los científicos, si no fuera por lo bien que la ignoran. Es concebible, sin embargo, que algún día pueda acabar siendo considerada un triunfo del método científico”.

De hecho, todo sugiere que, antes o después, si realmente han de hacer justicia a su pasado común y a sus posibilidades de futuro en beneficio de la especie humana, astrología y ciencia están condenadas a reencontrarse. 
 

7.- Astrología y universidad, hoy

Este camino de reencuentro ha sido emprendido ya por algunos investigadores y grupos universitarios, cuyo número, ciertamente, es corto, pero, de justicia es reconocerlo, va creciendo de manera significativa, aunque a velocidad (muy) lenta.

A lo largo de las últimas décadas, caben ser destacados los trabajos de H. J. Eysenck y D. K. B. Nias, profesor e investigador, respectivamente, del Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Londres, y los de P. Seymour, investigador destacado del Observatorio de Greenwich y profesor del Politécnico de Plymouth, así como la apertura de una Cátedra de Parapsicología y Astrología en el Instituto Lateranense, es decir la Universidad de los Estados Vaticanos.

Más recientemente, merecen citarse iniciativas investigadoras como las aparecidas en la Universidad de Southampton [WWW1a, WWW1b] , la Universidad de Amsterdam [WWW2] , la Universidad de Londres [WWW3] , o la Universidad de Málaga [WWW4] .

Sin olvidar las tesis doctorales que, sobre temática astrológica, han sido defendidas en Universidades como la Sorbona, Yale, John Hopkins, Columbia, Harvard, Estrasburgo, Lille, Lyon, Nueva York, California, Syracusa, Tubinga, Chicago, Kiel, o Moscú, a las que habría de ser añadido un largo etcétera a lo largo del último siglo [WWW5] .

Todo este caldo de cultivo académico-astrológico ha facilitado que, en el pasado más inmediato, hayan podido ver la luz algunas iniciativas docentes sobre temática astrológica en el seno de otras tantas universidades.

Por lo general, sus programas no se refieren ni a las técnicas ni a la metodología astrológicas, antes bien se centran en los aspectos históricos, sociológicos, o simbólicos del saber astrológico, lo cual es, así y todo, un significativo avance, no siempre exento de altibajos, dificultades y problemáticas.

Pero, en algunos casos, todavía aislados, esta dinámica académica ha podido pasar del nivel expositivo-cultural y la referencia prioritaria a la actividad investigadora, al compromiso formativo y al interés por la práctica, académicamente rigurosa, del conocimiento astrológico, incluso bajo reconocimiento oficial de la correspondiente titulación.

En el primero de los apartados mencionados, hasta contamos con un ejemplo dentro de nuestro propio país: la impartición de asignaturas de libre elección sobre temática astrológica que ha tenido lugar en la Universidad de Zaragoza, a iniciativa del autor de estas líneas, durante los cursos 2000-2001 y 2001-2002.

En el segundo de los bloques citados, merece muy especial mención el título, oficialmente reconocido por el Estado de Washington (USA), que el Kepler College otorga una vez superados los cuatro cursos de formación que conducen al mismo: el ‘Bachelor’ en “Artes Astrológicas” [WWW6] .

La correspondiente formación abarca desde las matemáticas y la astronomía hasta la historia de las religiones, pasando por la psicología, el simbolismo y, por supuesto, las técnicas y metodología astrológicas.

Este título, el único actualmente con reconocimiento legal en el mundo occidental, está a punto de tener compañía (que no competencia, pues hay ánimo de colaboración conjunta) europea, gracias a la iniciativa del Bath Spa University College, que tiene previsto poner en marcha un ‘Master’ sobre “Cultural Astronomy and Astrology” a cargo de su Facultad de Estudios Históricos y Culturales, cuyo primer objetivo es “promover el estudio académico de la astrología y su práctica” [WWW7] .

Esta iniciativa se halla enraizada, por lo demás, en el Proyecto “Sabiduría” (‘Sophia’ Project), cuya finalidad es promover el estudio académico de la astrología y la astronomía cultural en las instituciones universitarias del Reino Unido, para lo cual se ha generado la correspondiente entidad patrocinadora, el ‘Sophia Trust’, que financia actualmente cuatro actuaciones concretas de este tipo [WWW7] .

Gracias a todo ello, el futuro universitario del saber astrológico se va abriendo, y es de esperar que, a corto/medio plazo, se integre en la actividad cotidiana de ciertos departamentos universitarios, hecho que debería facilitar su consideración e investigación en ámbitos científicos, lo cual, amén de hacer honor a su vieja condición de ciencia tradicional, habrá de beneficiar, sin duda alguna, la comprensión del lugar que los seres humanos estamos llamados a ocupar en el Universo. 
 

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