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Sobre el mapa y el territorio. Una reflexión de Julián García Vara

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Os comparto un texto que Julián Garcia Vara me envió recientemente como reflexión inspirada en el artículo de mi ponencia (y que le había enviado expresamente). Julián es para mí un referente de astrólogo crítico, reflexivo, científico y escéptico, justo lo que intento fomentar en esta página y en mis redes sociales. Sin más dilación os dejo con su lectura:

Este es uno de los tópicos que de cuando en cuando se menciona en las charlas sobre astrología, el de que no debemos confundir el mapa con el territorio. Se asume que el mapa es la carta natal y el territorio es la persona. Ningún profano en astrología confundiría jamás ambas cosas, porque vistas desde la exterioridad de una mirada no “contaminada” por presunciones astrológicas es imposible percibir la menor semejanza entre una y otra. Una carta natal es un mapa, sí, pero no de una persona sino de ciertos detalles del cielo de un momento y lugar dados. E incluso como mapa del cielo, incluye muchas cosas que no están en el cielo e ignora otras muchas que sí están. Por ejemplo, los signos del zodiaco no salen en las fotos tomadas con los más potentes telescopios, por la sencilla razón de que no son objetos naturales; pertenecen más bien a un “mapa político”, como el de los Estados Unidos, por ejemplo, cuyos diferentes Estados están separados unos de otros por líneas rectas perfectas, porque se construyeron artificialmente a partir de los meridianos y los paralelos, no aprovechando accidentes naturales. Ya a Kepler los signos del zodiaco le parecieron un bulto sospechoso y prescindió de ellos en favor de los aspectos. Los planetas sí están ahí y los ángulos entre ellos se pueden medir, pero los signos del zodiaco los han puesto ahí los astrólogos, lo mismo que las cúspides de las casas. No voy a entrar aquí en la discusión de si se corresponden o no con algo real, si estos artefactos simbólico-matemáticos nos ponen o no en contacto con ciertas dimensiones de la existencia que de alguna misteriosa manera se acomodan a ellos. Lo cierto es que o bien no existen o si existen son invisibles, pero aún así los dibujamos, los ponemos en el cielo, como hemos puesto en el cielo casi todo lo que un astrólogo encuentra en él: las posesiones, los hijos, los padres, los hermanos, la pareja, el trabajo, la salud, la enfermedad, los amigos, los enemigos, el éxito, el fracaso… Todo lo que hay en la tierra lo hemos proyectado en el cielo y solo después de hacer eso podemos decir algo tan sorprendente como el famoso lema de la Tabla de Esmeralda: “como arriba, así abajo”, que es precisamente lo que pone de los nervios a tanto racionalista y cientifista que se niega a dar la menor oportunidad a la astrología porque de entrada es sencillamente inconcebible, por lo menos desde los supuestos que ellos abrazan, que toda relación entre lo de arriba y lo de abajo tiene que consistir en ─y no puede consistir más que en─ interacciones de fuerzas físicas, gravitatorias, electromagnéticas o nucleares fuertes o débiles. Nada que tenga la menor relación con los asuntos de que realmente se ocupan los astrólogos. Fuera de eso, lo de arriba y lo de abajo es totalmente heterogéneo, no son comparables, una carta astral se parece a una persona tanto como una partitura musical a un caballo. Si alegamos que no se trata de nada físico, que lo que está operando aquí funciona a nivel de arquetipos o símbolos, queda por explicar por qué estos arquetipos o símbolos se adhieren a algo físico y cómo lo hacen. Y lo cierto es que no tenemos ni la menor idea, que toda “explicación astrológica” de un suceso está necesitada, a su vez, de explicación. El astrólogo da por explicado un accidente doméstico de un cliente advirtiendo que en la fecha del suceso Marte transitaba por el grado ocupado por el Sol en la fecha de nacimiento del cliente. Pero ¿qué explica eso?, ¿por qué el que Marte esté ahora en una parte del cielo donde hace muchos años estuvo el Sol tiene que provocar que el cliente pierda el control de un cuchillo de cocina y se corte la mano? Hablamos de resonancia de ciclos, de sincronicidades… por decir algo, por no reconocer que no sabemos de qué estamos hablando. Dejando a un lado el hecho de que no siempre que se da un tránsito como ese sucede algo así, ni siempre que sucede algo así encontramos un tránsito semejante, sino que esto ocurre solo algunas veces ─suponemos, realmente sin haberlo comprobado de una forma muy rigurosa, que ocurre con más frecuencia de lo que sería normal por puro azar─ , dejando a un lado, digo, lo fluctuantes e inciertas que pueden llegar a ser estas correspondencias astrológicas, su misma existencia, si finalmente llegara a probarse con un respaldo empírico suficiente, representa una conmoción tan brutal de los supuestos en que se asienta nuestra mentalidad ilustrada que nos obliga a revisar a fondo nuestra interpretación de la realidad, nuestra ontología y antropología, qué clase de entidades componen el mundo, qué tipo de fuerzas o potencias operan en él y cuál es la verdadera naturaleza del ser humano. 

Lo cierto es que, por lo general, la astrología reflexiona poco sobre sus propios supuestos, sus fundamentos, su sentido y sus implicaciones filosóficas. Y cuando intenta hacerlo mira de soslayo hacia el oriente para importar versiones populares de las teorías sobre el karma y la reencarnación que sirven para justificar cualquier situación vital ─en especial si es traumática─ como una oportunidad para el aprendizaje y el crecimiento personal. Y eso produce la impresión de que la astrología está más cerca de lo esotérico, lo mágico o lo místico que de lo racional o lo científico. Está por hacer una verdadera filosofía de la astrología, como también una sociología de la astrología y una psicología de la astrología. ¿Qué es la astrología? No hay ninguna definición clara, ninguna exposición sistemática de las tesis fundamentales que se defienden bajo ese nombre. Se dice que la astrología estudia las relaciones entre los astros y la vida de las personas, por decirlo de una forma muy vaga y sin entrar, por ahora, en demasiados detalles. Pero eso es precisamente lo que menos estudia la astrología. El astrólogo mira ciertas distribuciones de planetas, por un lado, y ciertos hechos observables en la vida de una persona, por el otro, y afirma que hay una relación significativa entre ambas cosas; pero la relación en sí el astrólogo no la ve, ni sabe en qué consiste. Es una especie de caja negra apta para albergar cualquier tipo de suposiciones sobre energías, fuerzas, ondas, espíritus, demonios, dioses o arcángeles. Como no existe ninguna semejanza entre “lo de arriba” y “lo de abajo” el astrólogo no tiene más remedio que habilitar todo un sistema de factores intermediarios que hagan posible la conexión: los símbolos, los arquetipos, vestidos todavía con el ropaje de la antigua mitología griega o romana. Pero el colocar estas cosas en medio ─entre el cielo y la tierra─ no solo no aclara la relación sino que plantea nuevos problemas: cómo y por qué estos símbolos se conectan con los planetas, por un lado, y con los avatares de las biografías por el otro. En cierto modo, sin ellos las cosas podrían ser más simples. Dado que lo que sucede en el cielo no se parece en nada a lo que sucede en la tierra, cabría, no obstante, plantear la posibilidad de que algunas semejanzas entre estados del cielo corran parejas con algunas semejanzas entre situaciones humanas en el curso de la historia. Es decir, parafrasear el “como arriba así abajo” en el sentido de “cuando en el cielo se repiten distribuciones semejantes, en la tierra tienen lugar sucesos semejantes”, porque un estado del cielo se puede parecer a otro estado del cielo, y un acontecimiento histórico se puede parecer a otro acontecimiento histórico, pero el fenómeno astronómico y el hecho histórico no guardan entre sí ningún parecido reconocible ni, menos aún, podemos tomar razonablemente al primero como causa del segundo. Se ha tratado de salir al paso de esta inviabilidad de las explicaciones causales en astrología proponiendo como alternativa la sincronicidad, es decir, la constatación de un cierto aire de familia que, según Jung, mantienen entre sí todas las cosas que suceden más o menos al mismo tiempo. Pero esto es poco satisfactorio, porque, en caso de existir tal sincronicidad, su razón de ser sería lo primero que habría que explicar. Por otra parte, ningún “aire de familia” es directamente perceptible entre la carta astral de un momento dado y cualquier persona nacida en ese momento o cualquier hecho acontecido al mismo tiempo, a menos que previamente hayamos transfigurado los objetos astronómicos y sus distancias angulares en figuras míticas antropomórficas y modos de relación entre ellas, que es lo que hace el astrólogo al proyectar toda la imaginería simbólica sobre el mapa astral. Únicamente este objeto simbólico antropomórfico que llamamos “carta natal” es el que puede tomarse, hasta cierto punto, como un mapa cuyo territorio es una persona.

Los adversarios de la astrología a menudo centran sus críticas sobre la suposición de que la astrología pretende estudiar directamente la relación entre los astros y las personas, y consideran ─no sin cierta razón─ que estas dos entidades son tan radicalmente distintas y tan naturalmente separadas que no podemos ni siquiera imaginar ningún vínculo lógico entre ellas. Pero si examinamos la forma en que se suele desarrollar una sesión de lectura de una carta astral ante un cliente por parte de un astrólogo, pronto nos daremos cuenta de que el astrólogo en ningún momento se interesa por los astros y apenas si se fija en la persona. Está absolutamente absorbido por un juego de relaciones simbólicas entre signos, glifos, rayas, triángulos y cuadrados y concentrado en su tarea de descifrar tan extraño jeroglífico ante los pasmados ojos de su cliente, sin dejarse nada sin decir y sin dejarle a éste decir nada. Esta situación es ciertamente más común tratándose de principiantes, no tanto de astrólogos experimentados, pero pone de manifiesto que una carta astral no es realmente un mapa ni del cielo ni de la persona. Es una compleja estructura simbólica cuya forma general se determina a partir de ciertos detalles de la distribución de los astros en el cielo de un momento y lugar dados, pero que, una vez consolidada, pierde inmediatamente de vista todo lo puramente astronómico o, más bien, lo transfigura enseguida en algo completamente diferente: un esquema de relaciones entre símbolos, imágenes míticas, arquetipos, conceptos especiales, figuras antropomórficas o áreas de vida humana. Y es esta red de símbolos la que puede ser lanzada sobre el mar de las vivencias de una persona para ver cuantos peces puede atrapar en ella.

Por la misma labilidad de los símbolos y las infinitas posibilidades de interpretación que abren no es raro que la carta astral de una persona pueda ser utilizada con éxito para atrapar con ella ciertos detalles del modo de ser o de la vida de otra persona diferente. La carta astral no es una como una fotografía que nada más verla nos permita identificar a su modelo. Es más bien como un traje o unos zapatos que no podemos saber de quién son con solo verlos, pero sí hacernos una idea de a quién le pueden quedar mejor. En el mejor de los casos, esto sigue sin ser suficiente para promocionar la astrología hacia el estatuto de ciencia moderna ajustada a métodos de observación y experimentación controlada. La libre asociación de ideas a partir de imágenes simbólicas no parece el mejor aval para alimentar la esperanza de poder construir sobre eso una ciencia sólida. Ni siquiera podemos justificar cómo, cuándo y por qué se decidió asociar a Júpiter con la alegría, a Saturno con la tristeza o a Mercurio con las comunicaciones. Asumimos todo eso “”por tradición” y nos gusta pensar que debió haber habido alguna buena razón para ello. Se pudo establecer por observación, como conjetura o por inspiración. Sea como fuere, dirá cualquier astrólogo, estas asociaciones se confirman una y otra vez mediante la práctica diaria de la astrología. Pero eso la hace depender de las valoraciones personales que cada astrólogo hace de su propia experiencia con ella, no siempre desinteresadas ni libres de distorsiones involuntarias.


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